Hombrecitos de papel

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A los lectores les debe inquietar el encuentro con este título tan particular, cuando llevamos 28 años luchando para que se cumpla el artículo 67 de la Constitución Política de Colombia, según el cual la educación formaría al colombiano en el respeto de los derechos humanos, en la paz y la democracia, en la práctica del trabajo y la recreación, para el mejoramiento cultural, científico, tecnológico y para la protección del Medio Ambiente.

En palabras más directas, se concibe la escuela como un escenario cuya naturaleza es la de ser un agente de cambio social. Y entonces nos preguntamos ¿Será que nos falla la memoria a millones de colombianos y que la Constitución política no fue promulgada por amplio consenso de la Asamblea Constituyente, integrada por todas las fuerzas ideológicas y políticas, sino por un tercero sea quien fuere?

No se necesita ser un académico, solo sentido común para saber que, a través de estos 28 años, las palabras de este artículo de la Constitución, en lugar de ocupar el espacio de la realidad, ha ocupado el de la ilusión. Esto no es más que un contrasentido feliz para los maléficos anticristos del poder que se alimentan de esta anormalidad. Un mundo vulnerable, desconcertado, ignaro y confundido es la realidad, y colombianos con visión científica para la transformación de la sociedad, el sueño político que se ofrece en un futuro siempre pospuesto.

Y en esta sociedad vulnerable donde aún pervive la fe en el destino implacable y las bondades fortuitas de la suerte, esta ilusión se queda retenida en el marco de lo teórico, mientras la realidad penetra los tejidos sociales cada vez más y más, socavando y deformando la idea del artículo 67 hecho realidad. Se nos puede antojar que en este mundo tan contradictorios somos, pues el artículo 67 es una quimera que ha alcanzado las letras de las leyes, pero no la desnuda realidad.

¿Cómo no alcanzar lo ficticio, cuando un sistema capitalista, interesado ante todo en la producción de mercancías por un hombre convertido en mercancías, nos permite crecer solamente en el sentido pasivo de recibir las destrezas necesarias para producir eficientemente y le ha puesto un límite a nuestra formación? ¿Dónde queda ese ser humano integral, comprometido socialmente en la construcción de un país en el que primen la convivencia y la tolerancia, un ser humano con capacidad para discrepar y argüir sin emplear la fuerza bruta, un ser humano preparado para incorporar el saber científico y tecnológico de la humanidad a favor de su propio desarrollo y el de su país?

Si existen escuelas para la guerra ¿Cómo no es posible que en nuestras escuelas no podamos formar un hombre que construya y aplique teorías, que interpreten el mundo real, pero que para ello se dé cuenta de lo subyacente, de las formas ideológicas dominantes, de las maneras de distorsión de la comunicación, de la coerción social y se emancipe a través del trabajo cooperativo, autorreflexivo, dinámico para luchar políticamente en contra de las injusticias sociales y construir un proyecto de vida en comunidad?

Mientras el escenario de la educación no se entienda como un proceso histórico que prepara al hombre, desde el punto personal y social para encarar los desafíos que le impone la sociedad donde vive, trabaja y desarrolla, mientras sigamos invirtiendo más en la guerra que en la educación y no interioricemos que todos los conflictos que padecemos son producto de la ausencia de políticas educativas claras que no se queden en el papel, seguiremos siendo un país pobre y subordinado.

Nuestra esperanza es pensar que este viejo patriarcado no podrá sobrevivir y el orden de las cosas llegará a una nueva pureza de nacimiento, gracias a un pueblo que, hartos de esta mísera realidad, nos resistimos pues nuestro sueño es cimentar un nuevo tipo de hombre, uno de carne, espíritu y alma, de poesía y de tragedia, no empacados en las hojas de un libro al que les dio por llamarle Constitución.

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