Hagamos honor a la Palabra

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Los seres humanos somos presente, pero también memoria, historia. Y en tanto historia, nos hemos dotado de fechas para conmemorar lo más ilustre de nuestra humanidad. Conmemoramos el día de la mujer, como muestra de respeto y lealtad por el sexo femenino y porque reconocemos que las mujeres, indistintamente de su condición de fragilidad humana son la más perfecta creación de Dios. De igual forma existe, aunque sea en teoría, el día del hombre. También tenemos una fecha especial para celebrar el día de la tierra y la naturaleza, del trabajador, de las profesiones, etc. Nos hemos inventado miles de excusas perfectas para celebrar. Y qué bueno que también exista el día del idioma, al que yo quiero llamarle en esta ocasión, el día de la Palabra.

La escuela actual, engolosinada con los libros debe afiliarse a la vida. ¿De qué sirve formar estudiantes competentes en la escritura, si en la vida real se ha perdido el valor de la Palabra o un grupo de estudiantes poetas si en la vida real no cumplen sus promesas? ¿De qué sirve desarrollar habilidades retóricas en los estudiantes si en la vida real prefieren callar abruptamente, a dialogar o que aprendan a leer comprensivamente un texto, si en la vida real no asumen una posición crítica frente a los hechos sociopolíticos y se muestran insensibles al dolor del otro? ¿Y de qué sirve enseñar la ética de la comunicación si en la vida real se prefiere la infidelidad a la fidelidad, la deslealtad a la lealtad, la lógica a la arbitrariedad y la razón a la fe? Dada las condiciones actuales de la educación y de la sociedad, es urgente una mirada a la antropología pedagógica, que piense en el ser humano como agente, autor y actor de su propia realización personal, es urgente volver a mirar la Palabra.

Volver a mirar la Palabra, tiene que ver, ante todo, con la construcción del ser. No es necesario ir muy lejos para hacer explícita la anterior afirmación. La actual generación de estudiantes es, posiblemente la que más escribe y habla. Escribe y habla en el Facebook, Whatsapp, Twitter, Instagram, Skype, etc., pero le cuesta mucho, frente a las situaciones serias de la vida, hablar con la verdad, no enredar al leyente, hacer honor a la Palabra, no jugar con la dignidad del otro – ese valor inherente a la naturaleza humana que debería ser intocable – ser francos y leales. ¿Cómo explicar que a esta generación le cueste tanto cumplir lo proyectado (promesas si se quiere) o que se carece de la noción que los sentimientos son efímeros, pero las decisiones pensadas seriamente son inmutables? ¿Cómo explicar que la mentira y el libertinaje sexual son plato exquisito de la sociedad actual? ¿Será que la educación ha estado centrada en el saber y el hacer, pero se ha omitido la trascendencia del ser (el valor de la Palabra, la sinceridad, la transparencia, la alteridad, etc.)? ¿O tal vez se ha dejado la explicación del acto de ser del hombre en manos de la biología, psicología, filosofía y derecho y no en manos de la antropología pedagógica y por qué no, la teología?

Si el hombre es agente, autor y actor de su propia realización personal y la educación media esa formación, el proceso educativo debe ayudar a construir sujetos agentes de integralidad. El ejemplo del unionista Ian Paisley y del republicano Martín McGuinness, resulta ilustrativo para decir que la eterna pregunta por el qué es el ser humano y lo caracteriza como tal, lejos de la idea del logos, estriba en la capacidad de comunicarse simbólicamente, tener conciencia personal del otro. Su valor consiste en que pone al mismo ser humano en una relación con los demás. La construcción del ser persona implica una articulación coherente entre el saber, hacer y ser. 

Desafortunadamente, este tipo de cosas, en la práctica diaria de la educación, suelen ser desatendidas. No sobra decir que la escuela cumple su propósito educativo en la medida que traspasa los muros escolares y el saber es aplicado en la vida diaria – del saber al hacer – y para encarar problemas reales. La escuela solo sirve si le ayuda al ser humano a descubrir quién es y a comprender su capacidad de agencia en la realización personal y a despertar su nivel de humanidad. De lo contrario la escuela sirve para nada: no se necesita mentes académicas, pero insensibles, se necesita, paradójicamente, personas más humanas.

La actual educación diseñada para para responder a unas capacidades homogéneas – “Homo Faber”, si se quiere -, debe trascender al Homo Sapiens, y por qué no al “Homo Relacional”, es decir, un ser humano que no solo comporte el logos, el ethos, sino que, de igual forma comporte una mirada relacional con lo espiritual y lo humano. Mentes poseídas por lo humano. Por lo demás, que se puede decir de una sociedad culturalmente académica, letrada, si su academicismo deshumaniza y no le permite ponerse en los zapatos del otro o de una sociedad en la que pululan personas con la capacidad de salvar a otros, pero que en el camino han perdido su propia alma, insensibles, desleales, infieles, mentirosos, etc. ¿Para que un autor de libros, sino se es autor de su propia vida?

¡Hagamos honor a la Palabra!.

 

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