Apología: ser maestro

589

Ser maestro es muy diferente a ser un ingeniero, un abogado o un médico. Sin duda alguna, a la vez que el buen maestro ejerce su labor, ayuda a construir vidas, así como un ingeniero civil diseña y pone en marcha un proyecto, pero también aboga por una vida desamparada, tal como lo haría un buen abogado y sana al espíritu quebrantado, cual médico. No obstante, ni al ingeniero ni al abogado o médico le podríamos exigir didáctica. Resulta extraño pensar en un ingeniero civil construyendo una megaobra haciendo uso de estrategias didácticas, o a un juez dictando una sentencia mediado por la didáctica para que el sentenciado interiorice asertivamente sus años de condena, o a un médico que le diga a su enfermero, extírpele al paciente el tumor con didáctica. Esta última es una característica exclusivamente de los maestros.

La didáctica hace parte de la identidad de los maestros, de los verdaderos maestros, de los maestros de maestros. Un verdadero maestro huele a didáctica. Y si a un ingeniero, abogado o médico no le podemos exigir didáctica, la ausencia de esta en un maestro se convierte en un pecado mortal. La didáctica diferencia a un verdadero maestro del que no lo es. No todo el que cree ser maestro lo es, hay quienes se engañan a sí mismos, creyendo que, lo importante de un maestro es el saber erudito y no el saber enseñar, es decir, la enseñanza proyectada al aprendizaje, la didactización del conocimiento. Esto tiene que ver con la transformación de la ciencia en poderes formativos o una transposición de la verdad a una forma de intelección que dialogue con los sujetos que se interrogan, intentan comprender la realidad, le buscan un sentido a su vida. Esta peste afrancesada de erigirse en el conocimiento haciendo complejo lo fácil es común en la escuela, pero se agudiza en la universidad.

En la universidad pululan muchos académicos expertos en sus disciplinas de formación, pero incapaces de iluminar a los más necesitados. Su jerga supertécnica, cargada de oscurantismo y ausencia de claridad, no les permite democratizar la ciencia, y peor aún, sus procesos de producción a partir de los cuales podrían dar ejemplo de su ser maestro, son nefastos. Sus estudiantes se ven obligados a buscar referentes externos porque no ven en quienes les enseñan, un claro ejemplo de lo que hay que hacer. El presente problema nos alerta sobre una nueva característica que deben tener los maestros: la capacidad de mímesis.

La mímesis nos invita a ser maestros no solo de verbo. La esencia de un verdadero maestro, traspasa los muros escolares o las paredes de las universidades, implica dar ejemplo del oficio. Basta poner algunos ejemplos: se habla de investigación y a duras penas se ha participado en una investigación de carácter formativo, se habla de lectura y no se va más allá de los textos tradicionales y se habla de escritura, pero no se ha escrito ni un pío. Tal situación plantea un problema de fondo: ¿Qué estamos entendiendo por academia y por ciencia? ¿La reproducción de un espectro global?

Sumemos a la didáctica y a la capacidad de mímesis, otras características: un verdadero maestro le pone alma y cuerpo a su trabajo, porque este ha aprendido que los sujetos con los que trabaja, son poesía, pero a la vez tragedia, son esperanza, son posibilidad de una realidad diferente. Para ser más preciso, la naturaleza de un maestro es la de ayudar. Otros le llaman vocación.

La siguiente anécdota de autor anónimo, nos puede ayudar a entender mejor la idea anterior. Un maestro que miró cómo un alacrán se estaba ahogando, decidió sacarlo del agua, pero cuando lo hizo, el alacrán lo picó. Por la reacción al dolor, el maestro lo soltó y el animalito cayó al agua, y de nuevo estaba ahogándose. El maestro intentó sacarlo otra vez, y otra vez el alacrán lo picó. Alguien que había observado todo, se acercó al maestro y le dijo: Perdone, pero usted es terco, ¿No entiende que cada vez que intente sacarlo del agua, lo picará? El maestro respondió: La naturaleza de éste animal es picar y eso no va a cambiar la mía que es ayudar.

Imposible dejar de mencionar que es prioridad de un maestro, aportar en la formación de verdaderas personas, pues no se nace persona, se aprende a serlo. De igual forma, el maestro necesita revestirse de paciencia, pues en su ser diario, trata con muchas y diversas personas. También debe tener criterio para decidir lo más oportuno y ser elástico, es decir, estar dispuesto al cambio.

Permítanme agregar algo más. Como ya se quiso advertir antes, el mundo escolar y universitario enfrenta hoy el problema de la reproducción del espectro global, ante esto, los maestros tenemos la posibilidad de enseñarles a los estudiantes a leer y pensar críticamente. Son dos procesos diferentes. La lectura crítica comporta la competencia inferencial, intertextual, contextual y propositiva. El pensamiento crítico implica trasladar esa competencia de lectura crítica al mundo real, a ese escenario político, social y económico que, nos asfixia lentamente.

Por último, pensemos en la posibilidad que algún día un ingeniero civil diseñe la construcción de la casa de un maestro, también puede suceder que un maestro recurra ante un abogado para que actúe en su nombre y se le restablezca algún derecho vulnerado, o que un maestro deba ser asistido por un médico para que este determine su estado de salud, sin embargo, tanto el ingeniero civil, el abogado y el médico, para acreditar su profesión debieron pasar por las manos de un artesano al que socialmente hemos convenido en llamarle maestro.

Los comentarios están cerrados, pero trackbacks Y pingbacks están abiertos.